Según Tomás de Aquino
¿Qué es la soberbia?
La palabra “soberbia” se puede entender en dos sentidos: uno
positivo y poco frecuente, y otro negativo y de uso ordinario, según si aquello
a que se aspira es, respectivamente, bueno o malo8. Esta sería una acepción
material del término. Sin embargo, formalmente hablando, el vocablo designa un
vicio negativo del espíritu, el superior a todos. El sentido positivo es el
que, por ejemplo, en una universidad, designa que ésta lo sigue siendo y crece
como tal. En cambio, el negativo es el más eficaz disolvente de la institución
universitaria.
Tomás de Aquino indica que soberbio es el que tiene un amor
desordenado hacia su propio bien por encima de otros bienes superiores9. El
sólo hecho de dudar si existen bienes superiores al propio ya es, pues, síntoma
de este defecto. Es amor desordenado, porque como el soberbio no se conoce como
quién es, sino que tiene un conocimiento de sí como de aquél que quiere ser,
desea para él lo que no le es adecuado. La describe como el apetito inmoderado
de la propia excelencia10 que, de paso, rebaja la dignidad ajena11.
Desde
luego, la excelencia es debida a alguna cualidad buena12; por eso, se puede
referir a diversas aptitudes humanas13. Por el contrario, añade que el humilde
no se preocupa de la propia excelencia, pues se considera indigno14. Advierte
también que la soberbia es la madre15 y reina16 de todo defecto, es decir, su
origen y su fin17. De modo que las otras lacras, como hijas naturales, tienen
cierto parecido a la madre18 y, asimismo, cierta propensión a rendirle
honores19.
Otra nota que el de Aquino atribuye a la soberbia es que
este defecto radica en la voluntad20, y, precisamente por considerarla una mala
inclinación de esta potencia humana, añade que el soberbio no se subordina a su
recto conocimiento propio, de modo que pueda percibir por él su distintiva
verdad21. Por el contrario, nota que la humildad se ajusta al adecuado
conocimiento que alguien tiene de sí22 (“donde hay humildad hay sabiduría”,
dice la Escritura23). Por eso admite que la soberbia impide la sabiduría24.
También advierte que las verdades directamente impedidas por la soberbia son
aquellas que se denominaban “afectivas”25, es decir, unas de las más altas que
sólo las personas virtuosas conocen por con naturalidad. En rigor, el fruto
seguro de este defecto es la ceguera de la mente26.
No obstante, si bien se mira, la soberbia no inhiere en la
voluntad, sino –como su carcoma27– en lo más neurálgico de nuestra intimidad,
de donde procede toda malicia, y a donde toda corrupción se ordena28. Sí, nadie
se reduce a su voluntad, y es en esa realidad personal irreductibilble donde
anida la soberbia y la peor ignorancia, lo cual le llevó a clamar a San Pablo:
“de la ceguera del corazón, líbranos Señor”29. Por eso se entiende que la
perfección contraria, la humildad, sea –más que una virtud de la voluntad– la
fuente personal de todas las virtudes. También por esto la humildad, en cuanto
que remueve la soberbia, es la sal que preserva toda virtud30. Si el vicio de
la soberbia es el más grave, también será el más tenaz y perdurable, porque es
el que está más hondamente radicado en nuestro ser; tan fuerte que extingue
todas las virtudes y corrompe todas las potencias humanas31. Por lo que se
refiere sus los tipos, Tomás señala que uno es el de aquel que se gloría en sus
cualidades, y otro el de quien se arroga lo que le sobrepasa32. Obviamente el
segundo es peor –también más ciego– que el primero.
El carácter distintivo de este defecto respecto de los otros
lo cifra el de Aquino en que en cualquiera de los demás se da siempre cierto
defecto; sin embargo, el mal en éste se toma de la perfección a la que
desordenadamente se aspira33. Efectivamente, la soberbia tiende a lo excelso34,
pero sin un “pequeño detalle”: la rectitud. Se distingue de la vanidad o
vanagloria (la más afín a aquélla35), es decir, del amor a la gloria mundana36,
porque la primera es el deseo desproporcionado de cualquier gran realidad; la
segunda, en cambio, tiende a la sóla grandeza externa, la alabanza y el
honor37, es decir, a ser considerado superior a quien se es, pues así como el
honor social es –según Aristóteles– el premio debido de la virtud, la soberbia
busca ese honor pero sin virtud. La una es interna (latens in corde38),
mientras que otra es una manifestación suya externa39.
La soberbia se distingue de la avaricia en que la primera es
descabelladamente ávida de bienes inmateriales, mientras que la segunda lo es
de los sensibles. Se diferencia de la lujuria en que ésta engendra torpeza,
mientras que la soberbia intentando “pasarse de lista” logra la pe-or
ignorancia. De la gula, en que ésta tiende a lo fácil, mientras que la otra a
lo arduo. De la envidia, en que ésta se entristece por el bien aje-no; en
cambio, la soberbia se entristece por la carencia del bien propio que
insensatamente desea. De la pereza, en que ésta –como dice el refrán castizo–
“ni lava ni peina cabeza”, mientras que la soberbia es trabajosa, pues siempre
anda maquinando cómo acrecentar el propio prestigio. La tentativa de
justificación de estas actitudes es –según indica– plural, pues unas veces se
las tiende a disfrazar bajo el aspecto de la magnanimidad, otras, bajo el de
audacia, ya que el soberbio pretende –aunque sin orden– aquello que le
supera40.
Se presenta la soberbia, sobre todo, en dos frentes, y en
ambos se parece a un tumor41 maligno y con metástasis: en el de la ciencia, y
en el del poder42. En cuanto a la ciencia, es bien conocido que ésta hin-cha43,
pues el que se cree que sabe, todavía no sabe como es debido. Por lo que al
poder respecta, dos son las posibles causas de soberbia: la altura del status y
las obras44. No es extraño, pues, que, sobre todo en una sociedad como la
nuestra donde “mandar” y “obedecer” no significan exclusivamente “servir”, la
soberbia se manifieste en el sentirse “señor” del cargo en vez de
“administrador” del mismo45. Tomás añade que este defecto afecta sobremanera a
la juventud46. Con todo, no es sólo un problema de gente joven, pues con el
paso de los años este defecto parece volverse tan acrisolado y retorcido como
encubierto. También declara que incide más en las personas públicas que en las
privadas47.
Seguidamente se intentan rastrear tres ámbitos de este
defecto. Se atiende, en primer lugar, a la soberbia para consigo mismo; en
segundo lugar, para con los demás y, por último, con referencia a Dios.
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