Según Autor: Ramón Eduardo Azócar Añez
El hombre necesita fortalecer su confianza; ésta va
creciendo con la experiencia de la vida y el aprendizaje diario; la confianza
de caminar erguido, a paso firme; eso no implica que no tengamos humildad o
sencillez, la humildad no está reñida con tener seguridad plena nuestros
valores y en tus propias decisiones para desenvolvernos en sociedad. El exceso
de confianza nos hace soberbios, arrogantes, despiadadamente ciegos ante la
realidad, porque todo lo vemos en razón de nuestro propio espejo y terminamos siendo
los único con ideas y tentáculos de saber, en un mundo artificial creados por
nosotros mismos. Eso sí, en ocasiones es necesario dejar salir esa arrogancia
para imponerse ante otra que nos agrede, porque nadie tiene el derecho de
minimizar a nadie, menos subestimarlo y designarle calificativos despectivos y
maliciosos.
En el ámbito universitario, institucionalmente me refiero,
es un espacio muy ganado para entorpecer esa humildad; dado que hay un culto a
la idolatría, es muy difícil erradicar esas acciones humanas que hacen de los
hombres seres mínimos e intrascendentes. Se suele decir: “con la cabeza sobre
los hombros y los pies en el suelo”, para designar el papel verdadero que cada
uno de nosotros debería tener en el tránsito por la vida; pensamos que para
crecer es necesario resguardar lo que conocemos y no entendemos que el
crecimiento se fortalece y proyecta, en la medida que compartimos conocimiento
y nos acercamos a nuestros semejantes con la idea clara de que no lo sabemos
todo, que no somos los únicos que llevamos razón, de este modo entenderemos,
cada día, que es muy importante abrir los ojos, los oídos, todos nuestros
sentidos, para observar y escuchar el aliento en cualquier palabra, en
cualquier gesto o en cualquier movimiento,
absorbiéndolo y aumentando las habilidades y destrezas para enseñar y
transmitir parte de nuestras creencias y culturas. ¿Es negativo creer o asumir
nuestras creencias como válidas? En absoluto, es necesario confiar en nosotros
mismos, pero respetando las creencias y el sentir de los demás. El humilde no
se queda segundo plano, no es malo estar al frente de tus sentimientos y de tus
ideas, se hace necesario resaltar los valores, creando un equilibrio entre lo
conocido y lo por conocer, eso es humildad.
Ahora bien, articular esa humildad implica establecer
criterios de modestia, pero no hay que ser exagerados con ella, debe imponerse
la confianza y la plenitud de valores que hagan madurar al ser humano, valores
que trasciendan el espíritu y no que lo opaquen o minimicen. Ahora bien,
intentar definir la humildad de manera integral y holística, es imposible.
Porque la humildad no es un concepto, es una conducta.
La humildad es un modo de ser, un modo de vida; es una
virtud entre virtudes, la más noble del espíritu. Los seres que carecen de
humildad, carecen de la base esencial para socializar exitosamente; las
cualidades sin humildad, representan lo mismo que un cuerpo sin alma; la
humildad implica fortaleza, plenitud hacia lo humano.
En las Sagradas Escrituras, la humildad aparece reflejada en
varios apartes de los libros de los apóstoles. En el primero de Pedro 5:5,
“Revestíos de humildad hacia los demás, porque Dios resistea los soberbios y da
gracia a los humildes…” Según esta cita, Dios dice que cuando se es humilde, se
es libre de orgullo y arrogancia. La humildad divina es estar a gusto con lo
que eres en el Señor y por lo tanto poner a otros primero; el sentido de
humildad en la Biblia es uno de amar a otros, no siendo débil.
En Filipenses 2:3., se lee: “No hagan nada por egoísmo o
vanidad, sino con humildad consideren a los demás como superiores a sí
mismos”…y en 2:5-8., “Él, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a
Dios como cosa ha que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomó la forma
de siervo y se hizo semejante a los hombres. Más aún, hallándose en la
condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz…” Por su parte, en Proverbios 15:1, se dice que:
“Puedes desactivar los argumentos cuando eres humilde y no tienes que ganar
cada discusión. La blanda respuesta quita la ira, más la palabra áspera hace
subir el furor”.
También en Efesios 4:29, se dice: “Tu puedes hablar con
cortesía y con amor, independientemente de la situación, incluso si tienes que
ser firme o tomar acciones fuertes. No permita que ninguna palabra corrompida
salga de vuestra boca, sino lo que es útil para la construcción de otros de
acuerdo a sus necesidades, que puede beneficiar a aquellos que escuchan”. Es
decir, cuando nos humillamos, nos sentimos fuertes en el Señor; no se necesita
estar a la defensiva, porque cuando escuchamos como creyentes al Padre, él dice
que se debe examinar los motivos y actitudes. Y en Mateo 21:12 y Marcos
11:15-16, dice: “Jesús fue humilde de espíritu, sin embargo, corrió a los
cambistas del templo”. Y éste es un ejemplo de que la humildad no es sumisión
ni entrega de nuestros principios y deberes.
A grandes rasgos, la humildad viene del antiguo alto alemán
diomuoti, que significa voluntad de servicio, que en realidad es una mentalidad
de siervo, y fue desarrollado por Martín Lutero para traducir la Biblia
expresiones tapeinophrosyne (griega) o los de América, traducción humilitas
utilizados; en el contexto cristiano es la actitud de la criatura, en analogía
del Creador de la relación de siervo del Señor. De forma más general, la
humildad es la "virtud, que pueda surgir de la conciencia de retraso infinito
detrás de la búsqueda de la perfección (Dios, moral modelo ideal, lo sublime);
es también la renuncia en la visión de la necesidad justificada y la voluntad
de aceptación de las condiciones en el contexto de la vida. El filósofo alemán
Immanuel Kant (1724-1804), trató de descristianizar la humildad y la definió
como el “…sentimiento de confianza y de baja capacidad de su valor moral en
comparación con la ley es la humildad (humilitas moralis)”; y el también
filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900), expresó que la humildad es uno
de los ideales peligrosos, difamatorio detrás de la cual la debilidad y la
cobardía, la piel, por lo tanto, la entrega a Dios; en el contexto de estos
filósofos la humildad es una actitud de verdad ante la realidad, pero de la
cual no deberíamos depender. La humildad es una virtud de realismo, consiste en
ser conscientes de nuestras limitaciones e insuficiencias y en actuar de
acuerdo con tal conciencia.
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